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Con la nariz asomando en el 2015, no sé si a todos os pasa lo mismo, pero para mí esta época está llena de buenas intenciones y deseos.

Me rio al pensar en las buenas intenciones, yo soy de las personas cargada de ellas al comienzo del año, me compro el kit para ir al gimnasio, imprimo la dieta de moda, dejo de fumar, voy a ir a correr 3 días por semana. Bien, todo esto es genial pero ¿cuánto dura? Lo que todos estáis pensando, una semana, eso sí, una semana muy larga.

Lo de los deseos ya es otra cosa y el mío, el que por tradición pido todos los años, esta vez lo escribo en letras mayúsculas y negrita, para ver si aumenta mi probabilidad de que se cumpla, es: “ ESTE AÑO QUIERO VIAJAR

Mi último viaje me llevo a Vietnam, tierra de color, sabor y olor a especias a comida callejera a cocinas abiertas, ruido, motos y gente de amplia sonrisa.

Como no podía ser de otra manera, la mitad de mi viaje me la pase perdida en los inmensos mercados de las ciudades y pueblos. Espacios inmensos para perderse, exóticos para sacar fotos, curiosos para ver como es el día a día de un país y sus gentes.

Conforme iba realizando esos paseos oliendo, viendo no paraba de pensar en la seguridad alimentaria, en las buenas prácticas de manipulación, en el control de temperatura, en los proveedores de esas materias primas…sobre todo me llamo la atención los puestos de pescado.

En los puestos de pescado, el pescado lo mantienen vivo en bañeras con agua y oxígeno. Los pescados se mueven y chocan unos con otros y los clientes eligen el que desean comprar.

En el mismo puesto, la persona que vende, lo mata y limpia sobre un trozo de madera  con restos visibles de que con anterioridad (no podemos imaginarnos cuanta) otro pescado sufrió el mismo destino que el que yo estoy viendo.

El pescado muerto, limpio y sin escamas lo vende al cliente que al pasar por el puesto lo elige vivo y coleando, este lo introduce en su bolsa de la compra con el resto de productos que ha ido adquiriendo por el mercado, verdura fresca, especias, fruta, arroz y huevos.

Mi cabeza no paraba de pensar: el origen del pescado, el origen del agua de la bañera, la goma que oxigena el agua, la tabla de sacrificio, el utensilio de corte, los residuos… y la mujer que atendía el puesto me miraba fijamente, pensando, seguramente, por el tipo de interés que me suscitaba semejante tarea, algo que ella llevaría haciendo más de 50 años.

Seguí mi recorrido por el mercado, al lado del puesto de pescado un hombre vendía patas de pollo sobre un banco de madera, sin higienizar, sin refrigerar, sin controlar.

El señor que compro el pescado vivo y posteriormente sacrificado se encontraba mirando el puesto de patas, esta vez no compro nada del puesto, pero si lo habría hecho esas patas estarían en la misma bolsa que el pescado, la verdura fresca, la fruta, el arroz, las especias y los huevos.

Me gustaría una reflexión, una opinión, un comentario al respecto, los profesionales del sector, los que somos unos fervientes creyentes de la seguridad alimentaria, cuando vemos casos de este tipo ¿qué pensamos? Pondríamos una no conformidad a la señora del puesto por no cumplir seguramente con ninguna de las buenas prácticas de manipulación, y ¿al señor del puesto de las patas de pollo? ¿Es diferente que ocurra en otro país o en el nuestro?

Yo seguramente de vacaciones no lo haría y mirando a la mujer del puesto de pescando pensé que el  pescado que adquirió el señor de la bolsa del mercado sin ningún criterio de seguridad alimentaria estaría bueno y menos mal que yo para ese viaje me vacune de la hepatitis A.

Buen deseo.

Miren Navaz Ayerra. Directora Técnica atcysa / oical